El peso de la camiseta y bofetadas a los críticos
Volvió Álvaro Recoba y la celeste salió con otra cara. Intimidó a Venezuela con tres ocasiones consecutivas, una producción ofensiva muy superior a la que había generado en sus arranques en la fase de grupos. Por fin pareció haber conexión entre el centro del campo y la delantera, donde "el Cebolla" Rodríguez fue un incordio constante y Diego Forlán dejó de ser un islote desasistido. El anfitrión sólo puso en duda el triunfo charrúa cuando Juan Arango empató el encuentro en un latigazo con la zurda que encontró la colaboración de un rebote en la barrera. Entonces pudo volver la incertidumbre, pero las apuestas seguían a favor de una Uruguay mucho más experta que se sabía en sintonía con su tradición. Y para que la bofetada a los críticos fuera aún más dolorosa, Pablo García se convirtió en el héroe inesperado al conectar un zurdazo perfecto a la escuadra del arco de Vega. El criticadísimo medio centro defensivo, acusado en multitud de ocasiones de ser la causa del juego tan plano de su equipo, celebró con rabia un 1-2 que prácticamente sentenciaba el partido. Porque luego, ya sin Maldonado en el campo y con muchos espacios atrás en la zaga vinotinto, todo fue mucho más fácil.
Y es que la noche tuvo grandes dosis de ironía. Los más atacados pudieron sonreír ampliamente mientras saboreaban la venganza ante sus detractores. Fue también el caso de Dunga, que encontró la mejor justificación posible para poder seguir utilizando su sistema sin enganche. Repitió ese centro del campo tan físico que ya se había medido a Ecuador y el resultado le dio la razón de forma contundente. Aunque habría que hacer varios matices. El primero, la escasa oposición que presentó el rival: una Chile desdibujada, afectada por problemas internos, que defendió de forma horrible -siempre llegando tarde, siempre tapando mal- y que dejó en el banquillo a casi todos sus talentosos -Villanueva, Valdivia y Matías Fernández-. El segundo, lo sencillo que se le puso el encuentro a la canarinha desde el principio: hasta ahora lo que le había costado había sido abrir la lata, pero ayer lo logró muy pronto con una acción a balón parado y a partir de aquí pudo jugar mucho más liberada. Y el tercero, la espectacular diferencia en cuanto a efectividad: no se trató de un baño absoluto de juego, sino de un porcentaje de acierto asombroso de unos ante un catálogo de ocasiones desperdiciadas de los otros. Sin embargo, el marcador no puede ofrecer dudas y Dunga sale muy reforzado de cara a la semifinal. Igual que Vagner Love, que se estrenó por fin en la Copa con un tanto de enorme clase de aquellos que se le ven de vez en cuando.
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