La UEFA que ganó Palop
El partido tuvo muchas fases que no vamos a describir ahora, pues todo aficionado al fútbol lo habrá disfrutado -incluso en la derrota, porque las finales tienen esa tensión placentera, esa incógnita adictiva de no saber si vas a ganar o vas a perder-. Pero, sobre todo, cambió a partir de la expulsión de Moisés Hurtado. Valverde asumió un riesgo peligroso apostando por un único pivote defensivo claro y le salió bien hasta que su equipo se quedó en inferioridad. Era evidente que con aquel dispositivo táctico el joven canterano estaría obligado a cometer muchas faltas, y su tarjeta amarilla en el minuto 12 hacía temer lo peor. Entre este lance decisivo y las sustituciones que introdujo Juande Ramos -primero apoyando con la entrada de Navas a un Alves que era incapaz de dominar su banda él solo, después tirando de un Kerzhakov que por su movilidad es un jugador mucho más peligroso que Luis Fabiano-, el encuentro se decantó claramente del lado sevillista. El gol de la victoria era cuestión de tiempo y con él todo parecía terminado, pero apareció el zambombazo de Jonatas para hacer revivir a un equipo que estaba muerto y que sólo aguantaba por la magnitud del acontecimiento. Por su resistencia ante lo inevitable el Espanyol no mereció marcharse derrotado, pero probablemente el campeón acabó siendo el más lógico viendo el desarrollo del partido. Perder por segunda vez de una forma tan dramática y ajustada es especialmente doloroso, sobre todo para un equipo que sabe que no tendrá muchas oportunidades como ésta. Pero el fútbol es levantarse y trabajar, levantarse y soñar, levantarse y finalmente disfrutar.
El Sevilla ha conseguido algo increíblemente complicado: revalidar un título europeo estando además vivo en la liga y en la copa a mediados de mayo. No se podrá decir, por lo tanto, que haya ganado de forma injusta. Ante tanto trabajo bien hecho, esa frase sería una estupidez mayúscula. Digamos, pues, que ésta fue la UEFA que merecieron ganar dos equipos y que al final ganó Palop.
