Algunos esperábamos un final de temporada al más puro estilo cinematográfico con una trilogía de encuentros decisivos entre Chelsea y Manchester United, pero el plato que finalmente nos deparará el desenlace de la Champions en Atenas será una secuela, una segunda parte de un título que triunfó en las taquillas y que exige continuación. Liverpool y Milan reeditarán la final de 2005 en un partido que supondrá la mejor confirmación de su buen hacer en la máxima competición continental. Habrá cuentas pendientes en un escenario de gran recuerdo para los rossoneri, y no deja de ser curioso que el mismo partido se repita en una capital del Mediterráneo oriental.
Si el martes el Liverpool consiguió su billete tras una tanda de penaltis que decidió una eliminatoria equilibrada en la que quizá el Chelsea fue mejor en el cómputo global, la victoria del Milan sobre el Manchester United no admitió discusión alguna. Superiores desde el primer minuto hasta el descuento, los hombres de Ancelotti marcaron en cada momento el ritmo de partido que les interesó. Tuvieron posesión cuando la quisieron y cedieron el balón cuando prefirieron jugar la baza del contragolpe, impidiendo siempre que los red devils desarrollaran su fútbol vertiginoso y profundo. ¿Qué le pasó al United? Su endeblez defensiva no debe sorprender a nadie -por las bajas y porque durante gran parte de la temporada han dejado la sensación de no ser tan sólidos atrás como dañinos son arriba-, pero su incapacidad creativa debe entenderse como una consecuencia del gran trabajo del centro del campo del Milan, que ahogó por completo a Carrick y a Scholes. Gattuso, inmenso, volvió a ser el jefe de la zona ancha, el que decidió quién podía tener el balón y quién no, el general al que adora San Siro por su dedicación a la hora de defender el terreno propio. A Cristiano Ronaldo y Rooney, alarmantemente desaparecidos, aún se les espera. No les llegaron balones en condiciones, pero tampoco estuvieron inspirados cuando se les ofreció la oportunidad de intentar la jugada individual. Ancelotti salió triunfador de una batalla que le dio la razón incluso en su discutido planteamiento del único punta, porque fueron los dos talentosos que jugaron por detrás los que decidieron la eliminatoria. Kaká, elegante en las formas y contundente en el fondo, fue la estrella que aparece en el momento determinante, como ya lo había sido en Old Trafford. Seedorf asumió a la perfección el papel de acompañante y, primero con una dejada de cabeza y después con un disparo preciso, cabalgó un poco más en el camino hacia su cuarta Champions. La noche fue tan perfecta para el Milan que incluso marcó Gilardino, un goleador cuestionado pero que tiene todas las condiciones para convertirse en el mejor delantero italiano de su generación.
Quizá es más significativo que curioso, pero se han metido en la final dos equipos que en noviembre ya estaban descartados en sus campeonatos nacionales. Puede resultar ciertamente injusto que el Milan termine la temporada con más gloria que el Inter, o que el Liverpool pueda mirar por encima del hombro al Manchester United o al Chelsea. Es evidente que en cuanto a temporada completa no ha habido color. También lo es que los finalistas de Atenas han sacado provecho del gran esfuerzo de sus rivales, dos equipos admirables que quisieron jugarlo todo con los mejores y que acabaron perdiendo en el torneo que más reconocimiento otorga. Podrá parecernos erróneo que la Copa de Europa se resuelva de esta forma, castigando a los equipos más regulares y ambiciosos. Podremos debatir si el sistema de competición es el más adecuado, pero la historia del fútbol se ha escrito con las eliminatorias, las prórrogas y las tandas de penaltis. Quizá el problema no sea de la Champions, sino nuestro. Quizá es momento de que empecemos a entender que este juego no es lógico, científico ni justo. Y que es por ello que es tan grande.
Etiquetas: Champions League, Gattuso, Gilardino, Kaká, Manchester United, Milan, Seedorf