El 30 de enero de 1997, las confederaciones europea y africana decidieron en Lisboa firmar un acuerdo de cooperación que consistía en la organización de una competición de carácter oficial cada dos años en categoría sub-18. La llamaron Meridian Cup, y en un principio el formato de competición era idéntico al de los campeonatos sub-17 que se jugaban en ambos continentes: ocho selecciones (en este caso cuatro de la UEFA y cuatro de la CAF), fase de grupos, semifinales y final. Nigeria se proclamó campeona de la edición inaugural, siendo España el primer equipo europeo en ganar el título dos años después. Entonces las mentes pensantes decidieron cambiar la estructura del torneo y convertirla en una especia de Ryder Cup, en la que los participantes europeos se enfrentaban con los africanos y cada triunfo suponía un punto para su confederación. Visto el claro dominio del viejo continente, que se llevó las tres Meridian que se jugaron bajo este sistema, UEFA y CAF se plantearon otro cambio de cara a 2007. Y así fue como llegó a Barcelona, sede de la sexta edición, un doble partido estilo "All-Star" que debía enfrentar a las selecciones de los mejores jugadores europeos y africanos sub-18.
La idea, de entrada, tenía su atractivo. Ver jugar juntos en un mismo equipo a los cracks del futuro en un partido que, si todo va como tiene que ir, se convertirá en pieza de oro en cualquier videoteca. Es como si ahora alguien pudiera revisar un encuentro de 1994 en el que unos jovencísimos Henry, Shevchenko y Raúl compartieran delantera. Pero a veces las grandes ideas, si no se ejecutan bien, acaban pareciendo pésimas. Es un poco lo que ha sucedido en esta edición de la Meridian. Frederick Osam-Duodu, seleccionador africano, convocó a veinte jugadores para la ocasión, pero problemas burocráticos impidieron que ocho de ellos pudieran viajar a Barcelona. Así, África se encontró con sólo doce jugadores disponibles, de los que tres eran porteros.
Tal y como declaró el técnico en rueda de prensa, a última hora tuvieron que llamar a futbolistas africanos que juegan en España para completar la lista y salvar la realización del torneo -¡qué ridículo hubiera sido tener que suspenderlo, después de la gran cantidad de viajes programados para asistir a las conferencias paralelas!-. Así que en el once inicial que saltó al Mini Estadi, cinco futbolistas no estaban en la selección inicial y su técnico no los había visto jugar nunca. Entre los llamados a última hora, Etienne Eto'o, el hermano de Samuel, que juega en La Salle de Mallorca y que disputó los noventa minutos luciendo el brazalete de capitán.
Y claro, no hubo partido. Europa fue infinitamente superior. Estamos hablando de una selección que en la primera parte presentó a Aaron Ñíguez, Manuel Fischer y Marko Marin como jugadores más ofensivos y que en el segundo tiempo dio entrada a Bojan Krkic, Aleksandar Prudnikov y Krisztian Nemeth. O sea, lo mejor del continente en categoría juvenil, el futuro más sólido del fútbol europeo.
Fue un 6-1 que se quedó corto y del que se pueden extraer escasas conclusiones. Aunque claro, como la competición en sí misma a poca gente interesaba, quizá no se hablará mucho de la chapuza en toda regla que manchó esa idea tan interesante que es la Meridian Cup. Y por mucho que el seleccionador africano se quejara en la rueda de prensa y confesara que no conocía a algunos de sus jugadores, la única preocupación de los periodistas que cubrían el acto era perseguir a
Bojan Krkic, el talento que promete tantos éxitos al Barça y que ayer se mostraba amable con todos, sereno, sonriente, encantador. Con una confianza en sus ojos que sólo pueden mostrar aquellos que saben que el futuro es suyo.