jueves, mayo 01, 2008

La final que merecía Mou, la final que merece Lamps

El fútbol es así de caprichoso. En el año en el que hay menor diferencia de potencial entre ambos, en el año en el que el Liverpool posee la mejor plantilla de toda la era Benítez y en el año en el que al Chelsea no lo entrena el técnico con más espíritu ganador del fútbol actual, el equipo de Stamford Bridge ha llegado a la final de la Champions. Una final merecidísima para el club que ha competido con mayor intensidad y en todos los frentes en los últimos cuatro años. Una final que merecía José, por haber ido siempre a por todos los títulos, por no haber despreciado un solo partido, por ser el arquitecto del bloque que dominó el fútbol inglés con mayor solidez y con una aureola de máquina insuperable. Quizá en un acto de justicia poética, los hombres que certificaron el pase de los blues a Moscú fueron sus dos jugadores más fieles, los más mourinhistas del vestuario, Didier Drogba y Frank Lampard. Un guiño al mundo para dejar claro que, por mucho que sus críticos puedan aprovechar ahora el triunfo de Grant para atizarle, el éxito del Chelsea tiene mucho que ver con el estratega de Setúbal. Los londinenses han jugado toda la temporada con el sistema de los mejores tiempos de Mou, con los automatismos generados por sus más de tres años en el cargo, con la columna vertebral que él definió para convertir al equipo en una trituradora hambrienta.

La final que merecía Mou, pero también la final que merecía una generación de futbolistas fantásticos. La final que merecía, sin ninguna duda, Frank Lampard Junior, una leyenda indiscutible -como rezaba una pancarta ayer en el Bridge-, "el mejor profesional que he conocido en mi vida", según dijo el propio entrenador portugués. En el momento más emotivo de toda la edición de la Champions 2007-2008, Frankie, que ya había regalado al partido asistencias fantásticas sólo al alcance de los supercracks, convirtió el penalti decisivo engañando a uno de los mejores especialistas en detenerlos, se besó el brazalete y señaló al cielo. En la grada, su padre, mito del West Ham, aplaudía el coraje de su hijo. A uno, al que le da igual que gane Chelsea o Manchester United, le entran ganas de que la Champions viaje a Londres sólo para recompensar a un futbolista con una trayectoria monumental y al que han querido enterrar demasiado pronto. Lampard fue durante los dos años de dominio blue el mejor jugador de la Premier con una diferencia abismal. Merece ganar el título más elevado, porque su fútbol ha estado en la cima.

Y la final que merecían Cech, Terry, Carvalho, Makelelé, Drogba. ¡Qué partido de Drogba! ¡Qué definiciones en el momento decisivo, aquel en el que a muchos les tiemblan las piernas! Benítez lo picó en la previa y al marfileño las críticas le sirvieron de acicate.

Se generan debates en los comentarios sobre la justicia del resultado, ese término tan abstracto. El Liverpool ganó dos veces sin ser más que el Chelsea, siempre con los pequeños detalles de su lado. Ayer, la intensidad con la que los blues jugaron la prórroga desafió todas las leyes físicas. Se sobrepusieron al gol anulado a Essien y volvieron a ir a por el segundo, y luego a por el tercero. En ese tramo decantaron una eliminatoria equilibrada.

Las lesiones perjudicaron al Liverpool. La de Fabio Aurelio en la ida, la de Skrtel en la vuelta, la de Torres en el tiempo extra. Pudieron ser factores determinantes. Como lo fueron las ausencias de Sagna y Flamini para el Arsenal en los cuartos de final. Entonces se dijo que aquello era producto de la mejor gestión de plantilla de Benítez, que rotaba para evitar contratiempos. Sin embargo, el infortunio puede azotarte en cualquier momento, rotes o no. Sólo ayer, cuando la moneda salió cruz, el Liverpool se dio cuenta de que en la Champions el factor suerte tiene un papel decisivo. No tanto en la liga, donde la longitud del torneo juega a favor de los mejores. Apostar casi toda la temporada a una competición en la que influyen tantos factores incontrolables es un riesgo demasiado elevado. Hasta ahora a Benítez le había salido bien. Esperemos que esta derrota le anime a pelear de verdad por una Premier que, por potencial económico y grandeza de la institución, debería ser un objetivo abordable. La historia del Liverpool lo merece.

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domingo, mayo 20, 2007

Drogba y Mourinho sonrieron el último día

Ya se sabe que en Inglaterra la final de la FA Cup es el partido más especial del año, la fiesta de despedida de la temporada y el encuentro que, sea cual sea su desenlace, se convertirá en un clásico que se venderá a los coleccionistas muchos años después. Además de toda su significación habitual, la de 2007 aún había levantado más expectación por tratarse de la primera que se jugaría en el nuevo Wembley y porque además llegaron a ella los dos mejores equipos del país. Todo estaba preparado para un sábado memorable en la nueva joya arquitectónica londinense, pero el espectáculo futbolístico estuvo muy por debajo de la ceremonia previa -en la que desfilaron sobre el césped representantes de los equipos campeones en el antiguo estadio y se inauguró oficialmente el recinto-. Chelsea y Manchester United decepcionaron: ya fuera por la enorme precaución que mostraron o por el considerable cansancio que evidenciaron, ambos equipos fueron incapaces de jugar un partido de ritmo alto y repleto de ocasiones de gol. Fue todo lo contrario, pero aún así pasará a la historia.

Y los libros dirán que el autor del primer gol en el nuevo estadio -los amistosos de categorías inferiores previos parece que no se van a considerar como oficiales- fue Didier Drogba, por lo que en este pequeño gran detalle el fútbol sí fue justo. Y es que el marfileño ha sido el máximo goleador de la temporada en Inglaterra, siendo el precioso tanto que decidió la final de FA Cup el número 33 que firma esta campaña. En un encuentro en el que es difícil señalar qué equipo mereció ganar, finalmente triunfó el que fue capaz de firmar la jugada más bella y elaborada del partido: una pared entre Frank Lampard y el punta marfileño que éste resolvió con un toque sutil por encima de Van der Sar. Mourinho lo celebró como todos esperábamos y dándole la importancia al título que ya se desprendía de sus declaraciones en los días previos -llegó a decir que, cuando era pequeño, para él sólo existían cuatro partidos de fútbol: las finales del Mundial, de la Copa de Europa, de la Copa portuguesa y de la FA Cup-. Cuando subió las escaleras para ir a recibir su medalla de campeón, el estratega de Setúbal indicó con las manos que había conseguido ya seis trofeos desde que llegó al Chelsea. Aunque algunos consideren que esta temporada ha fracasado, lo cierto es que ha firmado un meritorio doblete de copas. Teniendo en cuenta que sólo le separó una tanda de penaltis de la final de la Champions y que peleó la liga casi hasta el último día, creo que es de justicia reconocer el gran trabajo que ha realizado una vez más este entrenador extraordinario y ambicioso. No se podrá decir que su campaña haya sido excelente, pero estuvo muy cerca de serlo. Tampoco se podrá decir, por lo tanto, que haya sido un desastre.

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miércoles, abril 25, 2007

Mou 1; Rafa 0... y pudieron ser más

En un duelo entre dos estrategas que ante todo pretenden anular al rival, es evidente que el ganador es aquel que más daño hace al contrario. El que más veces llega. El que más peligro crea. Y en eso no ha habido color. El Chelsea ha tenido el doble -casi el triple- de oportunidades claras que el Liverpool, ha sido capaz de desarmar el entramado defensivo de Benítez con un mecanismo de ataque nada sofisticado y a su vez ha hecho imposible que el rival combinara con fluidez plantando una muralla hermética en el centro del campo. Mourinho sigue sacando el mejor rendimiento posible de sus equipos tomando las decisiones más acertadas en cada momento. Reemplazó a Ballack dando entrada a Mikel -o a Makelelé, que ya no se sabe quién es el titular- y apostó por su improvisador más talentoso, Joe Cole, para acompañar arriba a los dos fijos. El resultado fue notable: solidez absoluta, espacios anulados y Drogba bastándose él solito para ganarle la partida a los centrales reds, especialmente a Agger. Sólo fue mejorable la definición: de haber sido un poco más certera, la eliminatoria podría haber quedado vista para sentencia.

El Liverpool pareció un equipo muy flojo, en el que sólo se pudo rescatar mucho de Gerrard y algo de Kuyt. No acabó de funcionar la extraña apuesta de Benítez por Zenden, aunque el holandés no fue el peor. Mascherano ni construyó ni contuvo, Arbeloa estuvo lento en el gol e impreciso en general y Alonso sufrió mucho ante ese centro del campo tan bien diseñado por parte del rival. Reina salvó dos goles cantados de Lampard y mérito suyo es que su equipo aún esté vivo. Se echó de menos el desequilibrio de Pennant, que entró muy tarde, o el músculo de Sissoko: si no puedo esquivar a una apisonadora, déjame sacar la mía y choquemos; a ver quién es más fuerte. Lo mejor para el Liverpool es que la desventaja es remontable y que queda un partido de vuelta en Anfield, donde el factor anímico puede equilibrar la diferencia existente entre los dos equipos. Porque viendo el partido de esta noche, a nadie le tiene que extrañar que el Chelsea tenga doce puntos más en la Premier con un partido pendiente.

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jueves, marzo 01, 2007

La rivalidad que engrandece a África

Aunque el marcador final de la Meridian Cup (10-1 para Europa tras el 4-0 de esta mañana en el Mini) sugiera que aún hay una gran diferencia entre el fútbol europeo y el africano, la realidad actual nos muestra que los jugadores que se han disputado el Balón de Oro de la CAF hasta el final son grandes nombres del panorama internacional, futbolistas reivindicados incluso para ocupar el trono máximo del fútbol mundial. Didier Drogba le ha arrebatado el trofeo a Samuel Eto'o en otra votación muy reñida, con Mickael Essien repitiendo en el tercer puesto. En el podio, dos jugadores del Chelsea y uno del Barça, probablemente las dos grandes potencias dominantes en Europa en los últimos dos años. Signo inequívoco de que el futbolista africano ya no es complemento, sino recurso cotizado para marcar las diferencias.

No voy a escribir hoy un perfil de Drogba. Ya lo hice una vez esta temporada, aunque más bien fuera una visión muy personal de su carrera, de mis recuerdos sobre un futbolista inevitablemente impactante en las emociones de aquellos que seguimos el fútbol internacional. También os remitiré al oficial que ha publicado la CAF en su web. Y diré que el resultado de la votación no me parece ni justo ni injusto, sino que encuentro digno de satisfacción que África pueda discutir entre Eto'o y Drogba, pueda tener partidarios del uno y del otro, pueda venerar a dos dioses, pueda creer que sus pasiones dependen en gran medida de Didier y de Samuel. En el camino hacia el fútbol global es necesario que los grandes ídolos que traspasan fronteras también sean africanos, como lo es que un día también puedan ser asiáticos. África mitificó a Roger Milla, elegido mejor jugador del continente en los últimos cincuenta años, pero el emblema de los leones indomables que encandilaron en Italia 90 nunca jugó en un gigante europeo. Hoy no es uno, sino que son dos cracks mediáticos los que están en la cima. Y más allá de preguntarnos si lo merecía uno o el otro, que es un debate interesante y quizá inacabable -yo gané la Champions, pero tú me echaste de la Copa África y jugaste el Mundial-, debemos celebrar que África posea una rivalidad que la convierte ya, de forma indiscutible, en la tercera gran potencia continental del planeta. Y viendo el hambre que exhiben sus dos estrellas, seguro que no se conforma con el bronce.

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lunes, febrero 26, 2007

Mucho más que un torneo menor

La final de la Carling Cup redondeó una competición que nos ha dejado partidos imborrables. La "copa mala", que es como la denominan aquellos que, no muy metidos en el fútbol inglés, necesitan una simplificación para ubicarse, nos trajo esta temporada la eliminación del Manchester United por parte del colista de segunda, el camino de un equipo de cuarta hasta las semifinales, la goleada histórica del Arsenal en Anfield por 3-6 y un derbi del norte de Londres que se resolvió en la prórroga del segundo partido. Todo ello precioso, pero aún faltaba lo mejor. La final, claro.

Wenger había dicho antes de empezar que él no renunciaría a su filosofía por muchos millones que un presidente rico le pusiera a su alcance. Y en un acto de enorme valentía, de atrevimiento admirable, sacó el mismo equipo que llegó hasta la última ronda. Sin importarle que el Chelsea formara con sus mejores hombres, con los Essien, Carvalho, Cech, Terry, Lampard, Drogba y Shevchenko. Así que dejó en la grada a Henry, Gilberto Silva, Gallas y Lehmann -aunque éste estaba sancionado, pero habría sido suplente igual-. Y sus jóvenes no decepcionaron. Le dieron un baño al Chelsea en la primera parte -con posesión, tocando, llevando la iniciativa, para que luego no se diga que el Arsenal sólo sabe jugar a la contra- y se pusieron merecidamente por delante con el primer gol de Theo Walcott con la camiseta gunner. Luego pudo haber penalti a Baptista y fuera de juego de Drogba, pero el marfileño empató en la primera llegada del equipo de Mourinho. El gol no hizo daño al equipo del norte, que terminó la primera parte dando la sensación de ser superior. Y sobretodo, fuera cuál fuera el resultado al final, de tener garantizado el futuro para los próximos diez años. Esa es la clave de la filosofía de Wenger: hoy se puede perder, pero mañana, seguro, se será competitivo.

Mourinho, que no tendrá el glamour ideológico del francés ni su visión a largo plazo, es un fenomenal estratega y lector de partidos. Así que apostó por Robben para desequilibrar por los costados, nada utilizados por su equipo en la primera parte. Y a la postre el holandés acabaría siendo decisivo. Con él en el campo el partido se igualó, y hasta se puede decir que el Chelsea lo acabó dominando. Y sobretodo, de su bota izquierda nació el centro que Drogba convirtió en gol cuando el partido agonizaba. La final, tan preciosa y equilibrada, la ganó el jugador más en forma sobre el campo, el delantero del momento en el fútbol mundial. El marfileño superó por arriba a Senderos y cruzó un cabezazo enorme que supuso el quinto título de la era Mourinho. Hubo dedicatoria final a un John Terry de hierro, que tras desplomarse sobre el césped al recibir una patada involuntaria en la cara por parte de Diaby se recuperó a tiempo para volver al estadio a celebrar la victoria. Y sí, también hubo tángana monumental, expulsiones y un descuento que se prolongó más allá del minuto cien. Resultado todo ello de una rivalidad enorme que se acentuó por el dramatismo de una final que, desde hoy mismo, ha pasado a engrosar la colección de grandes clásicos del fútbol inglés.

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