El primer partido de semifinales de la Champions del 2007 nos ha brindado tres goles más que los cuatro encuentros juntos de la misma ronda en 2006. Sirva este dato para empezar a describir la magnitud del espectáculo que se ha vivido esta noche en Old Trafford, un intercambio de golpes que, de haber dispuesto de un tiempo indefinido, habría catapultado el marcador de Old Trafford hacia el infinito. Fue también la gala que confirmó a las nuevas estrellas de este mundo, a los estandartes de la generación de los mitos que nacieron en los ochenta. Sobre todo a Kaká. El brasileño fue capaz de voltear un encuentro que parecía claramente decantado hacia los locales, que de forma consciente habían cedido el control del balón al rival con la intención de matarles a la contra. Pero el brasileño asestó dos golpes durísimos, dos heridas profundas que hicieron tambalear todo el sistema nervioso del gigante de Manchester. El United tardó media hora en rehacerse, pero se recompuso juntando mucho a sus tres centrocampistas y abriendo a las bandas a sus dos puñales. Y Rooney, quizá el más adecuado de los veintidós protagonistas para convertirse en héroe del combate de boxeo en el que se había transformado el partido, definió con todo su ímpetu para darle vida al equipo de Ferguson. Aunque digámoslo todo: si los cinco tantos llevaron etiquetados los nombres de las jóvenes perlas del fútbol futurista, los dos últimos nacieron del talento y la visión de dos treintañeros que conservan toda su clase y se sirven de su experiencia. Por si algunos nos preguntábamos por qué el Teatro de los Sueños sigue idolatrando a estos viejecitos, hoy Giggs y Scholes le han dado la razón a un público sabio que, si se deja alumbrar por las apariciones rimbombantes, no se olvida de los fieles servidores que ayudaron a engrandecer esa camiseta roja.
Párrafo a parte para Kaká. Recuerdo que, tras la final de Estambul, un amigo mío que entiende de fútbol mucho más que yo -lleva toda la vida jugando a esto-, me mandó un mensaje impresionado por las grandes virtudes del brasileño. La segunda parte de aquella noche de fatídico recuerdo para los milanistas liquidó su clase maestra del primer tiempo y le dejó sin la gran velada histórica que todo mito necesita para entrar en la leyenda. Quizá hoy el ex del Sao Paulo haya vivido su actuación más portentosa en el fútbol europeo, aunque su partido queda manchado por el resultado final y por los dos goles que falló con 1-2 que pudieron sentenciar la eliminatoria. Sin embargo, ese segundo tanto en el que ridiculiza a Heinze, Evra y Fletcher merece entrar en la historia del fútbol, por mucho que se le puedan poner todos los peros del mundo a esa defensa de emergencia. "¡Qué blandos!" "¿Por qué no le hacen falta?" ¿Pero a qué nos recuerdan estas excusas? Sí, al gol de Messi, que si ciertamente fue más bello y difícil, no tuvo el marco incomparable del escenario hostil, el rival y la trascendencia del partido del que sí ha dispuesto esta obra maestra antológica de Kaká.
¿Y Cristiano? Abrió el marcador en la jugada más fea de todo el partido, nos dejó detallazos sólo al alcance de los que poseen recursos inagotables -su disparo con la zurda es un escándalo, porque le confirma como un jugador imprevisible que se atreve con los dos perfiles y que nunca concede ventaja alguna al contrario- y luego quiso asumir una responsabilidad excesiva cuando el marcador se puso en contra. Sabiéndose la estrella que es, pecó de autoexigencia y se olvidó de que la clave de este Manchester United es su fútbol colectivo, la circulación rápida de balón, la movilidad constante de las piezas. Pero incluso en su defecto se puede reconocer una virtud: lejos de esconderse, se mostró demasiado. Es evidente que no se borra nunca, que es valiente, descarado y ganador. Aunque esta no haya sido su mejor noche, es evidente que tiene un papel central en el Olimpo de los nuevos dioses.
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