miércoles, abril 11, 2007

Una noche de rayos y truenos

El dominio inglés se confirmó en forma de tormenta. Lo anticipó un rayo en Old Trafford y finalmente lo completó un trueno en Mestalla. La Roma sintió en su propia piel el efecto de la electricidad: creyó ver una luz desplazándose por el espacio, pero sólo estuvo segura de que recibió un impacto detrás de otro. El Valencia estaba prevenido del peligro que le atenazaba, pero confiaba secretamente en que no llegara un estruendo que se hizo esperar pero que cayó con todo su peso, con la fuerza de un choque de trenes de alta velocidad. Y a eso de la medianoche, cuando el mundo empezaba a recobrar la calma, el fútbol inglés se sentía orgulloso de esa llovizna eterna que baña todo su territorio, desde Londres a Manchester...

La Roma puede lamentar su suerte y su atrevimiento, pero debe aplaudir a un rival que cuando juega en casa es prácticamente imparable. Es cierto que al United le entraron los tres primeros disparos a puerta, pero también lo es que el equipo italiano concedió muchas facilidades -desastrosos Doni y Chivu- y que luego dejó demasiado espacio atrás. Es admirable: no quiso capear el temporal ni conservar un resultado digno, sino que se fue a por la imposible remontada. Fue una especie de heroicidad suicida, pues no hay equipo que mueva el balón a la velocidad que lo hacen los red devils. Repletos de confianza, los hombres de Ferguson se dieron un festín, conducidos por un Michael Carrick estratosférico -man of the match- e inspirados por un Cristiano Ronaldo sobrenatural -man of the moment-. Además de meterse en semifinales presentando una candidatura indiscutible al título europeo, borraron de un plumazo las dudas que podían surgir tras sus derrotas en la ida en el Olímpico y en Fratton Park ante el Portsmouth.

En Mestalla asistimos a la enésima prueba de que el Chelsea es mucho más dañino cuando juega con su 4-3-3. Tras una primera parte muy discreta, en la que Mourinho parecía haberse equivocado de nuevo dando la titularidad a John Obi Mikel, la reestructuración tras el descanso cambió el decorado, ayudada en gran medida por la superioridad física de un equipo que parece compuesto de futbolistas con dos corazones y cuatro pulmones. Por encima de todos ellos, Mickael Essien, que partiendo desde el lateral derecho empezó a revolucionar el partido con sus continuas cabalgadas hacia la gloria. Con Lampard y Ballack más libres, Mikel creció en el partido y se convirtió en el barrendero que Mou esperaba, distribuyendo además con ese criterio que le otorga un valor añadido. Pero los titulares tenía que llevárselos el ghanés, que seguía corriendo en el tiempo de descuento con la misma fuerza que cuando el partido empezaba. El Valencia parecía ni estar en el campo, arrollado por la potencia de un rival superdotado. Y el Chelsea estalló de júbilo sabiendo que los cuatro títulos son aún posibles, pero consciente de que los tres que le faltan deberá peleárselos a un Manchester United enchufadísimo.

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