lunes, febrero 26, 2007

Mucho más que un torneo menor

La final de la Carling Cup redondeó una competición que nos ha dejado partidos imborrables. La "copa mala", que es como la denominan aquellos que, no muy metidos en el fútbol inglés, necesitan una simplificación para ubicarse, nos trajo esta temporada la eliminación del Manchester United por parte del colista de segunda, el camino de un equipo de cuarta hasta las semifinales, la goleada histórica del Arsenal en Anfield por 3-6 y un derbi del norte de Londres que se resolvió en la prórroga del segundo partido. Todo ello precioso, pero aún faltaba lo mejor. La final, claro.

Wenger había dicho antes de empezar que él no renunciaría a su filosofía por muchos millones que un presidente rico le pusiera a su alcance. Y en un acto de enorme valentía, de atrevimiento admirable, sacó el mismo equipo que llegó hasta la última ronda. Sin importarle que el Chelsea formara con sus mejores hombres, con los Essien, Carvalho, Cech, Terry, Lampard, Drogba y Shevchenko. Así que dejó en la grada a Henry, Gilberto Silva, Gallas y Lehmann -aunque éste estaba sancionado, pero habría sido suplente igual-. Y sus jóvenes no decepcionaron. Le dieron un baño al Chelsea en la primera parte -con posesión, tocando, llevando la iniciativa, para que luego no se diga que el Arsenal sólo sabe jugar a la contra- y se pusieron merecidamente por delante con el primer gol de Theo Walcott con la camiseta gunner. Luego pudo haber penalti a Baptista y fuera de juego de Drogba, pero el marfileño empató en la primera llegada del equipo de Mourinho. El gol no hizo daño al equipo del norte, que terminó la primera parte dando la sensación de ser superior. Y sobretodo, fuera cuál fuera el resultado al final, de tener garantizado el futuro para los próximos diez años. Esa es la clave de la filosofía de Wenger: hoy se puede perder, pero mañana, seguro, se será competitivo.

Mourinho, que no tendrá el glamour ideológico del francés ni su visión a largo plazo, es un fenomenal estratega y lector de partidos. Así que apostó por Robben para desequilibrar por los costados, nada utilizados por su equipo en la primera parte. Y a la postre el holandés acabaría siendo decisivo. Con él en el campo el partido se igualó, y hasta se puede decir que el Chelsea lo acabó dominando. Y sobretodo, de su bota izquierda nació el centro que Drogba convirtió en gol cuando el partido agonizaba. La final, tan preciosa y equilibrada, la ganó el jugador más en forma sobre el campo, el delantero del momento en el fútbol mundial. El marfileño superó por arriba a Senderos y cruzó un cabezazo enorme que supuso el quinto título de la era Mourinho. Hubo dedicatoria final a un John Terry de hierro, que tras desplomarse sobre el césped al recibir una patada involuntaria en la cara por parte de Diaby se recuperó a tiempo para volver al estadio a celebrar la victoria. Y sí, también hubo tángana monumental, expulsiones y un descuento que se prolongó más allá del minuto cien. Resultado todo ello de una rivalidad enorme que se acentuó por el dramatismo de una final que, desde hoy mismo, ha pasado a engrosar la colección de grandes clásicos del fútbol inglés.

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