Con un jugador menos. Sin Drogba ni Ashley Cole. Sin Carvalho ni Ballack. Con Kalou y Wright-Phillips arriba. Con el debutante Sinclair en los últimos minutos. Y con un orgullo inmenso, con la grandeza de un doble campeón de la Premier, con su actitud ganadora habitual. Así ha caído el Chelsea, así ha perdido Mourinho su primera liga.
En uno de los mejores partidos de la temporada, sabiéndose sin opciones pero renunciando a la rendición, el equipo
blue empató en el Emirates un encuentro en el que parecía no tener opción alguna y que estuvo a punto de ganar.
Dijo el técnico portugués a los pocos minutos de consumarse su derrota en la lucha por el título: "
Normalmente, cuando un equipo que ha tenido mucho éxito pierde un campeonato, suele ser por falta de motivación, por no tener el mismo espíritu ni la misma ambición. Pero en este caso ha sido lo contrario. Mi equipo estuvo brillante". Y es por eso que José Mourinho es muy grande. Porque nunca sus hombres parecerán acomodados. Nunca sus futbolistas desprenderán apatía. Siempre tendrán hambre. Siempre irán a ganar. Puede que el destino sea cruel con el estratega de Setúbal y esta temporada termine sin grandes trofeos en las vitrinas del Bridge, pero es innegable que muy pocos han sido tan valientes como él. Fue a por cuatro competiciones sin tirar ninguna. Quiso ganarlo todo. Y luchó por todo hasta casi el final. No puede haber adjetivos negativos ante una actitud como esta. No puede hablarse de fracaso ante el que ha competido con los mejores durante toda la temporada. Por su pasión desmedida por la victoria, por su atrevimiento constante sin reservas, José Mourinho merece todos los aplausos del mundo. Los que él mismo pedía para sus jugadores en el césped del Emirates.
Reconozco que no esperaba que el Manchester United ganara esta liga. Siempre lo vi menos sólido que el Chelsea, más frágil atrás, más proclive a dejarse puntos en campos complicados. Digamos pues hoy que la ha merecido. Por saber aguantar la presión del rival más temible pisándole los talones. Por ganar encuentros inmensamente comprometidos -en Fulham, en Tottenham, en Liverpool, en Everton-. Por mostrarse mucho más maduro de lo que en un principio se podía creer. Aunque Cristiano Ronaldo debe llevarse merecidamente todos los titulares -justísimos los premios individuales que le coronan como el mejor de esta Premier-, ha sido éste un triunfo colectivo, un éxito de equipo. Lo corroboran los grandes momentos de fútbol combinativo que nos ha dejado el equipo de Ferguson, que hace un año parecía estar muy lejos del Chelsea. Justo la tarde posterior a la debacle de Lisboa,
escribí en este blog lo siguiente:
"Creo que estamos más cerca del resurgimiento que de la caída. La eliminación europea hay que verla más como un accidente que como un símbolo de debilidad. Con pocas piezas nuevas, este equipo no debería envidiarle nada a los más grandes. Me atrevería a decir que el United está a sólo un medio centro de formar un grandísimo equipo." La verdad es que no esperaba que este resurgimiento llegara tan pronto, pero es evidente que el medio centro misterioso que el equipo precisaba y que se ha convertido en la pieza fundamental es Michael Carrick. Ferguson se tomó su tiempo, buscó y rebuscó por todo el panorama europeo e inglés y eligió finalmente a
ese magnífico cerebro del Tottenham. Pocos fichajes habrán resultado tan rentables en términos de rendimiento inmediato y adaptación al colectivo. Con él, el resto de centrocampistas han podido jugar más liberados, sin preocuparse por lo que tenían detrás, pues eso ya estaba bien vigilado. La maravillosa aportación ofensiva de Giggs, Scholes y Cristiano Ronaldo tiene mucho que ver con la llegada de Carrick, el motor del equipo, la piedra angular. A veces no hay que volverse loco. No hace falta tirarlo todo ni reinventar las revoluciones en nombre del fútbol. Basta con identificar el problema y ponerle remedio. Entiéndase también este título del United como un triunfo de la cordura.
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