Se preguntan algunos aficionados españoles: ¿por qué en Inglaterra tienen dos copas? Responde el fútbol: para disfrutar aún más. Como allí se lo toman todo en serio, podrían tener hasta tres y regalarnos partidazos en cada una de ellas. La Carling volvió a ofrecernos un espectáculo enorme anoche con un encuentro memorable entre Chelsea y Everton. Una batalla intensa, emocionante, con detalles técnicos y tácticos, con mucho corazón. Y es que el equipo de Avram Grant empezó a ganar el duelo en la pizarra y en el talento, pero
se lo acabó llevando por fe. Con Wright-Phillips como protagonista evidente: su posición desorientó por completo el entramado defensivo de Moyes y causó pánico en la zaga
toffee. Tanto, que Joleon Lescott, brillante hasta entonces, acabó marcándose en propia portería el 2-1 definitivo al sentir el acoso del diminuto extremo en un balón aéreo.
Los equipos de Moyes te hacen comprender que el trabajo defensivo puede ser también muy bello. Que hay algo incluso estético en las líneas bien puestas, en las ayudas de los centrocampistas a los defensas, en las marcas individuales, en el esfuerzo solidario. Sabe el técnico escocés que su equipo no tiene nada que hacer en Stamford Bridge si sale a jugar con alegría y despreocupándose del rival. Así que monta un dispositivo para anularlo, consciente de que tendrá su oportunidad a balón parado, ya que en esa faceta posee armas de enorme potencial. Era extraordinario ver cómo Cahill seguía a Ballack por todo el campo, como McFadden se ocupaba de Belletti y mantenía la posición para que las dos líneas de cuatro no quedaran descompuestas. Pero claro, eso también les restaba cierta capacidad en ataque, sobre todo al australiano, muy alejado de su zona de influencia. Aunque también en el Chelsea hubo detalles de gran nivel: Mikel, hasta su expulsión -exagerada para los locales, justa para los visitantes-, anuló por completo a Andy Johnson y ofreció un recital absoluto de disciplina y sencillez mezcladas con esa elegancia suya que le convierte en uno de los futbolistas jóvenes más interesantes del planeta.
El Chelsea fue mejor en la primera parte. El Everton defendía bastante bien, pero no le bastaba para detener a un equipo que por momentos parecía un ciclón. Grant demostró que no es sólo un hombre de paja, sino que dirige con maestría desde el banquillo. En su once inicial todos creíamos que Joe Cole actuaría en la media punta y que Wright-Phillips iría por banda derecha. Parecía lo lógico. Sin embargo, con un intercambio constante de posiciones, con Belletti haciéndose dueño de toda la banda y con los dos
pequeñitos quedando bastante libres por el centro, el Chelsea consiguió tener superioridad numérica en esa zona de gran influencia en el juego. Carsley no daba abasto: no sabía si ir a por uno o a por el otro. Así llegó el 1-0. El ex del Manchester City recibió muy solo, tuvo tiempo para pensar y puso el balón con mucha clase lejos de Howard. Al descanso, 1-0 merecido y hasta corto.
La expulsión de Mikel cambió el partido. Dio confianza al Everton, que se sintió con fuerzas de irse hacia arriba. Los de Moyes tienen mucha pegada, y aunque faltaran Arteta y Pienaar -sus generadores de fútbol-, encontró el camino del empate en un servicio de un sensacional McFadden que se comió Hilario y que Yakubu transformó en el 1-1. Grant reaccionó con cambios inteligentísimos: dio entrada a Sidwell para que ejerciera el papel del nigeriano, y viendo que Pizarro no entraba en juego -bien controlado por los fantásticos Yobo y Jagielka-, apostó por Wright-Phillips como único punta. La jugada le salió bien, porque en una fase en la que el partido estaba roto y el gol podía caer en cualquier portería, Shaun lo desequilibró con su presencia. Parece increíble si nos fijamos en su corta estatura, pero así fue. Un centro de Ballack al área pequeña aterrorizó a Howard, que no salió, y a Lescott, que no supo qué hacer. Acabó cabeceando hacia su propia portería, quedándose a medio camino entre una cesión y un despeje, rematando a la red ante la mirada atónita de Moyes, que no podía creerse un desenlace tan cruel.