domingo, mayo 11, 2008

Sobre la goal difference

Decía ayer Avram Grant que no es justo que el título de la Premier se decida por la diferencia de goles. Que cuando un equipo tiene muchas bajas lo que intenta es ganar, y que si lo consigue, aunque sea por un margen mínimo, ya ha logrado un objetivo de enorme mérito. Y afirmaba también que la clasificación refleja una situación de igualdad, por lo que lo más sensato sería disputar un encuentro de desempate que separara a Chelsea y a Manchester United. No estoy de acuerdo. La goal difference me parece la mejor forma posible de desempate. La que premia más el largo plazo, que es lo que tiene que primar en un torneo basado en la regularidad. La que refleja con más claridad quién ha impuesto una mayor superioridad en sus partidos. Si nos vamos a Alemania, donde la norma también se aplica, encontraremos bastante lógico que una posible igualdad entre Werder y Schalke recompense al equipo de Bremen, que busca la goleada en todos sus encuentros y que cuando hay una plaza Champions en juego es capaz de meterle 6-1 al Hannover. El criterio de desempate, pues, parece el más justo. Más discusión puede generar la actuación de los equipos que no se juegan nada en la última jornada, el verdadero factor desvirtuador y al mismo tiempo incorregible de los campeonatos ligueros. Wigan y Bolton por arriba y Portsmouth, Derby y Blackburn por abajo tienen mucho que decir en esta última y apasionante jornada de la Premier. De su profesionalidad y su esfuerzo por alcanzar la tensión competitiva máxima puede depender el desenlace del Super Sunday.

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miércoles, enero 09, 2008

Wright-Phillips desequilibró un partidazo

Se preguntan algunos aficionados españoles: ¿por qué en Inglaterra tienen dos copas? Responde el fútbol: para disfrutar aún más. Como allí se lo toman todo en serio, podrían tener hasta tres y regalarnos partidazos en cada una de ellas. La Carling volvió a ofrecernos un espectáculo enorme anoche con un encuentro memorable entre Chelsea y Everton. Una batalla intensa, emocionante, con detalles técnicos y tácticos, con mucho corazón. Y es que el equipo de Avram Grant empezó a ganar el duelo en la pizarra y en el talento, pero se lo acabó llevando por fe. Con Wright-Phillips como protagonista evidente: su posición desorientó por completo el entramado defensivo de Moyes y causó pánico en la zaga toffee. Tanto, que Joleon Lescott, brillante hasta entonces, acabó marcándose en propia portería el 2-1 definitivo al sentir el acoso del diminuto extremo en un balón aéreo.

Los equipos de Moyes te hacen comprender que el trabajo defensivo puede ser también muy bello. Que hay algo incluso estético en las líneas bien puestas, en las ayudas de los centrocampistas a los defensas, en las marcas individuales, en el esfuerzo solidario. Sabe el técnico escocés que su equipo no tiene nada que hacer en Stamford Bridge si sale a jugar con alegría y despreocupándose del rival. Así que monta un dispositivo para anularlo, consciente de que tendrá su oportunidad a balón parado, ya que en esa faceta posee armas de enorme potencial. Era extraordinario ver cómo Cahill seguía a Ballack por todo el campo, como McFadden se ocupaba de Belletti y mantenía la posición para que las dos líneas de cuatro no quedaran descompuestas. Pero claro, eso también les restaba cierta capacidad en ataque, sobre todo al australiano, muy alejado de su zona de influencia. Aunque también en el Chelsea hubo detalles de gran nivel: Mikel, hasta su expulsión -exagerada para los locales, justa para los visitantes-, anuló por completo a Andy Johnson y ofreció un recital absoluto de disciplina y sencillez mezcladas con esa elegancia suya que le convierte en uno de los futbolistas jóvenes más interesantes del planeta.

El Chelsea fue mejor en la primera parte. El Everton defendía bastante bien, pero no le bastaba para detener a un equipo que por momentos parecía un ciclón. Grant demostró que no es sólo un hombre de paja, sino que dirige con maestría desde el banquillo. En su once inicial todos creíamos que Joe Cole actuaría en la media punta y que Wright-Phillips iría por banda derecha. Parecía lo lógico. Sin embargo, con un intercambio constante de posiciones, con Belletti haciéndose dueño de toda la banda y con los dos pequeñitos quedando bastante libres por el centro, el Chelsea consiguió tener superioridad numérica en esa zona de gran influencia en el juego. Carsley no daba abasto: no sabía si ir a por uno o a por el otro. Así llegó el 1-0. El ex del Manchester City recibió muy solo, tuvo tiempo para pensar y puso el balón con mucha clase lejos de Howard. Al descanso, 1-0 merecido y hasta corto.

La expulsión de Mikel cambió el partido. Dio confianza al Everton, que se sintió con fuerzas de irse hacia arriba. Los de Moyes tienen mucha pegada, y aunque faltaran Arteta y Pienaar -sus generadores de fútbol-, encontró el camino del empate en un servicio de un sensacional McFadden que se comió Hilario y que Yakubu transformó en el 1-1. Grant reaccionó con cambios inteligentísimos: dio entrada a Sidwell para que ejerciera el papel del nigeriano, y viendo que Pizarro no entraba en juego -bien controlado por los fantásticos Yobo y Jagielka-, apostó por Wright-Phillips como único punta. La jugada le salió bien, porque en una fase en la que el partido estaba roto y el gol podía caer en cualquier portería, Shaun lo desequilibró con su presencia. Parece increíble si nos fijamos en su corta estatura, pero así fue. Un centro de Ballack al área pequeña aterrorizó a Howard, que no salió, y a Lescott, que no supo qué hacer. Acabó cabeceando hacia su propia portería, quedándose a medio camino entre una cesión y un despeje, rematando a la red ante la mirada atónita de Moyes, que no podía creerse un desenlace tan cruel.

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jueves, diciembre 20, 2007

De la locura de Crouch a las lágrimas de Makos

Del Chelsea 2 - Liverpool 0 haremos dos apuntes. El primero: Avram Grant cada día se parece más a Mourinho. Hasta ahora encontrábamos similitudes en su sistema táctico, en la personalidad que mostraba en las alineaciones y en las sustituciones ofensivas con marcadores adversos. Añadamos hoy otra más: su carácter ganador, el ir a por todos los títulos posibles. Del portugués nos encataba su hambre de querer triunfar siempre, de desear todas las victorias, de no especular nunca. Fuera Champions o Carling, su equipo salía a por todo. El israelí, con la alineación de hoy, ha mostrado el mismo interés. También con la actitud que sus hombres transmitieron sobre el campo. Segundo detalle: las horas de Peter Crouch en el Liverpool pueden estar contadas. Si la especulación sobre su posible marcha al Manchester City -Eriksson lo adora- era ya insistente, su entrada a John Obi Mikel puede ser un síntoma innegable de su desquiciamiento. Sin sentido alguno, se autoexpulsó. Y se fue insultando a la afición rival. Y casi enterró las opciones de su equipo. El éxito de Torres también es su fracaso. Podría acompañarle en ataque, pero Benítez ha declarado en más de una ocasión que le encanta la compenetración que existe entre el español y Kuyt. Y Babel pide paso. Y hasta Voronin lo ha hecho bien. El ex del Southampton estará los tres próximos partidos sin jugar. ¿Le hemos visto en el Bridge sus últimos minutos de red?

Aunque en un evidente segundo plano mediático internacional, hoy también había Coppa de Italia. Dos protagonistas: Recoba y Balotelli. El chino anotó un doblete en el sorprendente triunfo del Torino 3-1 ante la Roma. El joven italo-ghanés acaparó los titulares en la victoria del Inter en Reggio Calabria (1-4). Sus dos goles no son nada del otro mundo -uno de oportunista, el otro de listo-, pero confirman esa facilidad anotadora que demostró en categorías inferiores. Extraordinaria noticia para el equipo de Mancini, que vio como su atacante de futuro respondía a la confianza justo el día en el que se confirmó la cesión de Adriano al Sao Paulo.

Aunque puestos a elegir un momento del día, me quedo con las lágrimas de Grigoris Makos. No sé si es bueno -aunque debe serlo, debutó en primera división griega con 17 años, es internacional sub-21 y lleva cuatro temporadas siendo titular en su club-, pero su tristeza sobre el césped dibujó la estampa poética de la jornada de Copa de la UEFA. A los 20 minutos de juego, logró un golazo descomunal, empalmando una volea a la escuadra francesa. Hablo del partido Panionios-Burdeos. Era el 2-0 que casi garantizaba el billete de los helenos a la siguiente ronda. Pero luego los franceses remontaron y el equipo de Nea Smirna quedó eliminado. Terminó el partido, los jugadores se retiraron a vestuarios, pero el joven canterano se quedó en el césped llorando desconsoladamente. Se le acercó un empleado del club, pero no logró animarle. Con rabia, lanzó contra el suelo un objeto -¿un guante?, ¿una tirita?, ¿una venda?, no lo sé-. Si el fútbol nos gusta es porque provoca sensaciones profundas. En el llanto de Makos y su desesperación por el pase frustrado de Panionios a la siguiente ronda de la UEFA hay un romanticismo sin el que este juego no podría comprenderse.

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jueves, septiembre 20, 2007

Sobre Mourinho, el día de su adiós

Es la historia del año. Capaz de dejar en un segundo plano las exhibiciones de anoche de Messi, Cristiano Ronaldo y Cesc Fàbregas -los hombres de moda-. Capaz de convulsionar el mundo del fútbol, de mandarle una descarga eléctrica que se haga sentir en la totalidad de su estructura. José Mourinho, The Special One, el entrenador más famoso del planeta, dejó de ser el técnico del Chelsea ayer por la noche. Tiene esta noticia la magnitud de una esfinge de piedra que se derrumba de repente, de un trasatlántico que se hunde con todo su glamour a bordo, de un palacio calcinándose bajo el fuego. Tiene un aire de inverosimilitud, como si no fuera posible. Tiene todo aquello que acompaña a las caídas de los mitos.

Lo primero que se pregunta uno cuando lee ese sintagma nominal tan confuso y ambiguo de mutual consent es si a Mourinho le han cesado o se ha ido él. Según relata la BBC, el estratega de Setúbal comunicó su marcha a varios jugadores del primer equipo mandándoles un mensaje al móvil. Los pesos pesados de la cúpula directiva blue, Roman Abrahamovic y Peter Kenyon, fueron llamados para mantener una reunión de urgencia con el entrenador. Parece, pues, que el gabinete de crisis lo propició Mourinho, pero el propietario ruso no puso reparo alguno a su decisión de irse: más bien le alivió. Su relación había sido tensa desde hacía un año: primero, por el caso Shevchenko -que no jugaba todo lo que Roman quería-; después, por la falta de fichajes en el pasado mercado de invierno -algo que indignó a Mou-; finalmente, por el nombramiento del israelí Avram Grant, amigo personal del ruso, como Director de Fútbol -eso tampoco gustó al entrenador, que quería tener control absoluto sobre la plantilla-.

Pero si lees The Sun, la historia es distinta. La reunión entre directivos habría empezado antes, sin Mourinho, y en ella Abrahamovic habría decidido su destitución. Alarmado por el mal juego de su equipo y sus humillantes últimos resultados, el propietario ruso perdió la paciencia al saber que el técnico había mantenido tras el partido ante el Rosenborg una discusión con John Terry, uno de sus mayores aliados en el vestuario a lo largo de su reinado. Ese incidente, que se desencadenó cuando el central se enteró de que el entrenador había preguntado al equipo médico si le sucedía algo a su capitán porque sus actuaciones habían empeorado, se interpretó desde la directiva como una señal inequívoca de que Mourinho estaba perdiendo el control del vestuario. The Sun afirma que a las 21.30 -hora inglesa- José llamó a Frank Lampard, su jugador de mayor confianza, para despedirse y comunicarle que dejaba de ser su entrenador. A la 1.45, el Chelsea confirmaba la noticia con una escueta nota oficial en su página web.

Sea una la historia o sea otra, la falta de confianza de la directiva en su entrenador ha propiciado la marcha del que, de largo, pasará a la historia como el mejor técnico del Chelsea de todos los tiempos. Sus dos títulos de Premier, uno de FA Cup, dos de Carling Cup y uno de Community Shield constituyen un legado impresionante. Mourinho construyó un equipo que dominó el fútbol inglés de forma tiránica durante dos años. La ausencia de un título europeo es calificada por sus detractores como un fracaso, pero un análisis profundo de sus tres eliminaciones rebaja considerablemente esa perspectiva tan negativa. Como Mourinho dijo alguna vez -y lo dice alguien que ganó una Copa de Europa-, las ligas las ganan los mejores, mientras que la Champions los que, además, tienen un poco más de suerte. Su Chelsea se quedó dos veces en semifinales ante el Liverpool en eliminatorias que se resolvieron por detalles pequeñísimos: un gol de Luis García que nadie sabe si entró, una tanda de penaltis en la que Reina hizo la diferencia. Probablemente en ambas mereció pasar su equipo, pero el fútbol fue cruel con él y los críticos se olvidaron de esa distancia tan corta que separó el éxito del fracaso.

Ahora empieza otra era, para el Chelsea y para Mourinho. Para la institución se inicia una época de dudas y desconcierto. Para el entrenador, una con garantía de proyecto serio, competitivo y ganador vaya donde vaya. Los blues han nombrado técnico del primer equipo a Avram Grant, un israelí con muchos éxitos en su país pero de escasa trayectoria internacional. Y lo peor de todo: es amigo de Abrahamovic y enemigo de Mourinho, por lo que será mal recibido en el vestuario por el amplio sector que estaba con el portugués. Mientras se especula con otros nombres -Deschamps, Capello, Lippi, Juande-, el Chelsea más caótico de los últimos tiempos visita el domingo Old Trafford. José lo verá ya por televisión, esperando iniciar una nueva aventura. Ofertas no le faltarán.

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