miércoles, abril 09, 2008

Crónica muy subjetiva sobre el final de un sueño

Cuando Theo había firmado la jugada con mayúsculas de esta edición de la Champions League, Babel cayó en el área y el árbitro sueco pitó penalti. Andújar Oliver dijo en la transmisión que hicimos en Radio Marca que ningún entrenador se quejaría del colegiado. Wenger, of course, lo hizo. No podía ser de otra forma. En dos acciones similares, una en la ida y la otra en la vuelta, las decisiones fueron distintas. Incluso pareció mucho más claro el agarrón sobre Hleb en el Emirates que el que derribó al ex delantero del Ajax en la vuelta. Hablaremos de muchas cosas -lo haré yo también a continuación-, de tácticas, de jugadores que no debieron estar, de otros a los que se echó de menos, de valentía y de carácter, pero at the end of the day, esa jugada de Kolo con Ryan decidió la eliminatoria. Si el árbitro la pitaba era billete para el Liverpool, si no la señalaba probablemente se habría metido el Arsenal. Critiquemos también al defensor marfileño por situarse demasiado cerca de su rival, por dejar lugar a la duda. Debió quedarse parado, Gallas le había hecho la cobertura y ya estaba esperando a Babel. Me alegro, al menos, cuando llego a casa, me pongo a leer la prensa inglesa y descubro que califican el penalti como controversial. Claro, discutible, polémico. Demasiado para decantar una eliminatoria tan disputada.

Wenger siente que la justicia no trató bien a su equipo. Quizá tampoco él estuvo acertado en alguna decisión -Senderos, Gilberto, Walcott-, pero lo que ha condenado a este Arsenal ha sido la desmembración de su equipo titular. Las lesiones han destrozado a un bloque fantástico que estaba preparado para luchar con los mejores. La ausencia de Sagna planteó un quebradero de cabeza que finalmente no se resolvió de la mejor forma posible, pero uno se pregunta cómo debió hacerse -la solución obvia parecía Eboué en el lateral, pero con él en ese puesto el equipo ha sido muy desbordable por su costado-. Sin Rosicky, el técnico alsaciano se quedaba sin el único de sus jugadores de banda con cierta capacidad goleadora. Sin Eduardo, sin el mejor finalizador de la plantilla. Sin Van Persie -que no está bien-, sin el delantero más directo, el mejor lanzador desde fuera. Ya sólo faltaba que se lesionara Flamini. ¡Ay, cuando se lesionó Flattuso! ¿No pensaste tú también que ese partido difícilmente se ganaba? Miramos al banquillo y aparecía Gilberto como única alternativa. Y nos echamos a temblar. ¡Qué grande fue Gilberto en sus buenos tiempos, pero qué lejos quedan éstos! Prometo que en ese momento lo vi muy negro, pese al 1-1 del marcador, y que me la habría jugado antes con Alex Song que con el brasileño. Era arriesgado, no tiene ritmo, le falta experiencia, pero el camerunés posee una vehemencia y una intensidad que suplen todo lo demás. Y si se apuesta por los jóvenes, se apuesta por ellos hasta el final, con todas las consecuencias. Pero la historia fue distinta. Mathieu se fue, se sentó en el banquillo con un gorrito, Cesc se fundió teniendo que hacer el trabajo de los dos, no le quedó oxígeno para pensar y el Liverpool imprimió el ritmo que quiso. Se acabó el Arsenal. Y pese a ello fue capaz de reaccionar, de lograr ese 2-2 que bajó del cielo, de otro planeta quizá, para que al final ese penalti lo echara todo por la borda. Oh, Theo, ¡no te merecías algo así! Ahora este golazo de youtube no valdrá para nada, no será tan legendario, no podremos recordarlo con una sonrisa.

Es evidente que Benítez ha armado un equipazo, el mejor de toda su era en Anfield, el que tiene más calidad diferencial arriba -Torres, Babel-. Un candidato indiscutible a ganar la Champions, por mucho que en la Premier decepcione años tras año. Pero su Liverpool no tuvo tantas lesiones de hombres fundamentales y las decisiones arbitrales decisivas estuvieron de su lado. Es por ello que Wenger se siente traicionado por la justicia. En fin, qué le vamos a hacer. Pues nada, irnos a dormir, que ya es tarde.

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martes, enero 22, 2008

Cinco goles por ocho años de espera

La mejor forma de romper una racha negrísima con el eterno rival es goleándolo. Es como decirle: "toma, me voy a desquitar de tantos años de frustración... te meteré tantos como rabia tenía dentro". Eso es lo que le ha hecho esta noche el Tottenham al Arsenal en una semifinal de la Carling Cup que indudablemente pasará a la historia. Porque es el primer triunfo de los spurs a los gunners desde 1999, por lo abultado del marcador (5-1) y porque conduce al equipo de Juande al nuevo Wembley por primera vez. Para cualquier habitual de White Hart Lane, lo de hoy tiene que haber sido una gozada.

Juande Ramos ha logrado que su equipazo funcione al máximo nivel. La materia prima ya estaba ahí: una plantilla muy cercana al potencial de las cuatro grandes -se podría llegar a discutir, en algún caso, si no es incluso superior a alguna de ellas-. Pero empezó la temporada rindiendo muy por debajo de lo esperado. Su clasificación no debe engañar a nadie. Tottenham es top class, too much class para los jóvenes del Arsenal. Presión asfixiante, ritmo altísimo, velocidad en la salida al ataque. La receta que hizo grande al Sevilla pulverizó al equipo del flying football. No fue una victoria de Berbatov, ni de Jenas, ni tampoco de Lennon. Fue un triunfo colectivo, merecido, arrollador, incontestable.

Wenger quiere que la Carling sirva para que sus jóvenes maduren. Algunos lo necesitan. Otros parece que no lo lograrán nunca. Y alguno ya lo ha hecho demasiado. No es una crítica a la política del alsaciano, una estrategia que aquí aplaudimos en repetidas ocasiones. Es admirable, y por lo tanto hay que tomarse esta derrota con filosofía. Es una derrota lógica, previsible. Expuso a sus jóvenes a un equipo de primer nivel y perdió. Nada que decir. Que les sirva a los chavales para progresar.

Un oyente me preguntó la semana pasada qué diferencia había entre Theo Walcott y Aaron Lennon. Que quién me parecía mejor. Le respondí que los años de diferencia se notaban. Que uno estaba por hacer y el otro ya era un jugador importante en un equipo de buen nivel de Premier League. Como cumpliendo la profecía, el extremo spur firmó una actuación memorable. Desequilibró por banda, acuchilló por velocidad, asistió por clarividencia. Al gunner, en cambio, aún se le espera. Le vino grande el partido, pero no hay que echarse las manos a la cabeza por ello. Se medía a Dawson-King, una pareja formidable, y aún así fue capaz de sacar un buen centro que Bendtner mandó al larguero. Necesita tiempo, partidos, derrotas, caídas, orgullo. Explotar su inmensa potencialidad. Creerse importante y capaz, desear más que nada ser un futbolista de primer nivel mundial. Aprender de Fàbregas, ese prodigio de la competitividad.

Walcott tiene condiciones, pero hay algún otro que no. Sorprende la insistencia de Wenger en Justin Hoyte, un defensor limitadísimo. Flojo como lateral, su alineación como central al lado de Gallas producía terror esta noche ya antes de empezar el partido. Luego confirmó su inaptitud. Tanto en el primer gol como en el tercero, llega ese medio segundo tarde a bloquear el disparo. Es un chico comprometido, muy del Arsenal, se le ve con ilusión, pero lamentablemente parece no dar el nivel.

Gilberto Silva. Jugador importantísimo en el Arsenal de los invencibles, medio centro determinante en el camino hacia París, capitán dignísimo en ausencia de Thierry Henry. Cuando se retire habrá que incluirle en el capítulo de leyendas del club. Una trayectoria indiscutible. Pero un presente decadente. Su ciclo puede haber terminado. Lo anunciaba su repetida suplencia a lo largo de la temporada, lo confirmaban sus decepcionantes actuaciones en Newcastle, Middlesbrough y en la ida contra los spurs. Esta noche ha tocado fondo en White Hart Lane. Incapaz de contener, de estar a la altura en la batalla física, de imponer respeto en la parcela central. Pero sobre todo, sin hambre, sin ímpetu, sin agresividad. En el cuarto gol estaba corriendo junto a Lennon y cuando éste aceleró él siguió trotando, sin seguirle, consciente de que no tenía ninguna opción. Si la importancia de un futbolista se exagera cuando no está, hoy Flamini ha parecido ser la pieza imprescindible de este Arsenal.

Uno se pregunta ahora qué consecuencias tendrá esta debacle. Hará bien Wenger en elaborar un discurso que convenza a los jugadores de que la derrota dolorosa llegó en otra competición, con una columna vertebral distinta, que el que perdió 5-1 no era el Arsenal que pelea el campeonato. De no ser así, los gunners corren el riesgo de sufrir una resaca tan prolongada como aquella que siguió al fin de la racha en Old Trafford el 24 de octubre de 2004. Pero sinceramente, uno ve a Fàbregas y a Flamini y se da cuenta de que este equipo tiene la personalidad suficiente para levantarse y pelear.

Crónica del Egipto-Camerún de la CAN para Público

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jueves, febrero 15, 2007

Ganar en Bolton: lo más complicado del mundo (para el Arsenal)

¡Qué miércoles! La UEFA nos dejó grandes argumentos para dedicarle varios artículos: los partidazos en Leverkusen y en Estambul, la sorprendente competitividad de los equipos israelíes, el empate a precaución en Burdeos, el excelente resultado del Espanyol en Livorno, la mala puntería del Shakhtar ante el Nancy y la goleada del Werder Bremen a un esperpéntico Ajax en el que incluso vimos a Roger García jugando de central. Sin embargo, el encuentro más taquicárdico de la noche se vivió en el replay de FA Cup entre Bolton y Arsenal. Fue otro capítulo más en la extensa historia de momentos memorables de la competición de clubes más antigua del mundo.

Parecía haberse instalado en la psicología gunner la creencia de que el Reebok Stadium era el campo más complicado del planeta. Escuchar la palabra Bolton casi producía pánico en el equipo del toque exquisito, la combinación permanente, la movilidad constante. Claro, los tres últimos precedentes estaban guardados en la memoria: derrotas incontestables ante un conjunto físico de juego directo y que cortaba al instante cualquier intento asociativo del rival. Pues bien, hoy, por fin, los chicos de Wenger ganaron a los guerreros de Allardyce, pero lo hicieron de una forma tan agónica y sufrida que el mito de la dificultad de ese estadio ha crecido un poco más.

La historia podría haber sido muy distinta. Estuvimos muy cerca de leer en las crónicas que esta vez el Arsenal le dio un baño al Bolton, que derrotó a todos sus fantasmas con una actuación convincente. Así fue, de hecho, casi todo el partido, con los gunners bordando una primera parte fantástica cuyo único pero fue irse al descanso con un margen tan corto. Aún sin Henry y sin Cesc, y con un doble pivote Diaby-Denilson que funcionó con una madurez impropia de su carácter novedoso, el conjunto londinense borró del campo al rival con su juego de pases constantes, de tocar y ofrecerse. La segunda parte iba por el mismo camino, pero se acentuó la falta de pegada para sentenciar el partido. Gilberto Silva falló un penalti -lo mandó a las nubes- y Adebayor disparó al palo tras haber regateado al portero, por lo que se llegó al tiempo de descuento con un mísero 0-1. Y entonces el Bolton le recordó al Arsenal que se ha convertido en su peor enemigo con el tanto del empate de Meité. Tan clara que se veía la victoria y había que volver a empezar.

Y en la prórroga parecía aparecerse de nuevo el escenario del pasado: los gunners ya no sabían cómo combinar y se veían superados constantemente por un rival más rápido, más fuerte, más grande. Gilberto remató al poste de su propia portería en lo que parecía ser el prólogo de otro libro funesto. Pero entonces aparecieron Jérémy Aliadière y Freddie Ljungberg, los recambios que había planteado Wenger, para inventarse la jugada del 1-2. Un golazo, pero nada terminado. De aquí hasta el final, una clara ocasión de Anelka y más despropósitos visitantes a la hora de definir. Baptista imitó a Gilberto mandando otro penalti a la grada y sólo en el minuto 123 llegó la sentencia, ya con el Bolton volcado y con una acción de dos contra uno ante Jaaskelainen. Por fin, el Arsenal había ganado en el Reebok. ¡Pero lo que le costó! Eso debía ser lo que, con Adebayor aún celebrando el 1-3, comentaban entre risas Sam Allardyce y Pat Rice, técnico derrotado y asistente vencedor. Aún en la victoria, Bolton sigue siendo el lugar más incómodo del mundo.

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