martes, abril 15, 2008

La Premier se decide en la oscuridad

¿Qué estabas haciendo en el momento en el que se decidió la Premier? Viéndolo por la tele, of course, sería la respuesta lógica de cualquier seguidor del fútbol inglés. Pero uno de los momentos determinantes de la edición 2007-2008 pilló por sorpresa a muchos de estos aficionados, sobre todo en España. Lo confesaré: yo, cuando Jason Koumas centró con la zurda y Emile Heskey se tiró en una especie de plancha con la pierna, no estaba viendo el partido. TVE no lo daba, para verlo tenía que irme a la radio y me dio mucha pereza hacer 40 minutos de viaje de ida más 40 de vuelta para visionar un partido cuyo guión más lógico nos deparaba un 2-0 en el minuto 20. Así que pasé. Vi el programa que en un canal de televisión local trata todos los lunes la actualidad del Sabadell, mi club. Cuando ya pasaban los créditos, le pedí a mi hermano que me dejara confirmar el resultado final del Bridge en el ordenador que me había secuestrado para imprimir unos apuntes. ¡Sorpresa! ¡Había empatado Heskey! ¡Monumental! ¡Notición! ¡Un resultado que lo rompe todo! ¡Cinco puntos más average! ¡Más decisivo que el gol de Hargreaves! ¡Y nos lo perdimos! ¡Nunca antes un momento tan crucial nos había pillado en fuera de juego!

Emile Heskey es un tipo entrañable. Recuerdo con cariño sus tiempos en el club de su ciudad, el Leicester, cuando era una joven promesa y la gran estrella al mismo tiempo de un equipo humilde dirigido desde el banquillo con enorme maestría por ese genio llamado Martin O'Neill. Los recuerdo con cariño porque, por aquel entonces, yo tenía un profesor de inglés que era hincha fanático de los foxes, y un poco me contagió esa pasión -estamos horrible, el sábado no le ganamos ni al Colchester y el descenso a League One es una amenaza real-. Ya he contado más de una vez esta historia, pero seguro que mucha gente no la habrá leído aún. Era el equipo de Guppy, Savage, Izzet, Lennon, Elliott, Cottee... Un equipazo, sí señor. Tras meses de rumorología, en marzo del 2000 el Leicester vendió a Heskey al Liverpool por 11 millones de libras (16.5 millones de euros). Una cantidad astronómica, el fichaje más caro de la historia del club del Mersey en aquel momento. Quince días antes de irse, Emile había debutado con la selección inglesa como titular en un empate a cero ante Argentina en Wembley. Fue elegido man of the match. Sería un poco la historia de su carrera: delantero peleón, de enorme trabajo para el equipo, pero con poco gol. En aquel momento, sin embargo, se vivía una auténtica Heskeymanía en Inglaterra. No llegó a convertirse en crack mundial, pero pocos podrán discutirle su importancia en el fútbol de su país, ya que ha jugado 45 partidos con la selección, llegando a ser requerido de nuevo por McClaren en la última fase de clasificación pese a encontrarse en el declive de su trayectoria. Mañana por la mañana, Emile volverá a ocupar las portadas de los periódicos. Un gol suyo ha casi sentenciado la liga. Un gol del Wigan. Un gol que Steve Bruce celebró como un loco. Porque le acerca a la permanencia. ¿También porque casi convierte en campeón a su Manchester United?

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miércoles, enero 02, 2008

Esto no es lo normal

Me preguntaban ayer en Radio Marca si lo normal en la Premier era que los cuatro grandes no fallaran. Que ganaran casi siempre. Y yo, que suelo molestarme cuando escucho afirmaciones del tipo "en Inglaterra sólo hay cuatro equipos y los demás son muy malos", contesté que no. Y dije que cuando jugaban fuera de casa, Arsenal, Manchester United, Chelsea y Liverpool lo pasaban mal en muchos campos y que, como sucedió el fin de semana pasado, podían dejarse puntos. Pero claro, en casa, continué mi discurso, era otra cosa: allí sí, lo normal era que ganaran.

Pues bien, hoy hemos visto algo que no es normal. Y como lo más periodístico que existe es destacar lo que no es normal -quizá por ello se dice en la facultad que no hay que utilizar demasiado la palabra normal-, en esta jornada de Premier que acaba de concluir debemos subrayar un resultado: el empate del Wigan en Anfield. Tan anormal es que se ha convertido en el primer punto de los latics ante un equipo del top four en toda su historia. Y llegó en un partido en el que hicieron muy pocos méritos. Pero cazaron un rechace y lograron su gol. El error del Liverpool fue dejarlos vivos.

Y es que en fútbol, un gol se puede conseguir con muy poco. A veces cuesta horrores lograrlo, pero otras te lo encuentras con un pelotazo. Quizá por eso es tan bello este deporte, porque ofrece caminos tan distintos hacia el éxito que se plantean hasta batallas filosóficas entre los defensores de las vías más opuestas. Por muy superior que seas, llegar al final del encuentro con una ventaja mínima supone un riesgo evidente. Hasta el Birmingham City, que debió salir goleado ayer de Old Trafford, fue capaz de hacer temer por el resultado al público local. No logró empatar, pero hoy el Wigan sí lo hizo. Con un gol de Bramble, el segundo que logra en dos partidos. Esto sí que es anormal.

Benítez salió con un 4-3-3 esta vez -aunque también podría llamársele 4-5-1-. Buen sistema para los jugadores que tiene, sobre todo en el centro del campo. Un trivote con perfiles variados y complementarios: un tocón en la salida de balón, un barrendero a su lado y un llegador por delante. Alonso-Mascherano-Gerrard, triunvirato de muy buen nivel. Torres, el delantero que marca la diferencia, como punta nato. Y en los extremos, quizá lo más discutible: Kewell por la izquierda y Pennant por la derecha. No parecen las mejores opciones. Supongo que hay que tener paciencia con el australiano, pero está a años luz del que un día nos maravilló en el Leeds United. No se parece en nada.

En resumen: no sacó mal once el técnico español, no eligió mal sistema, pero su equipo sólo logró un punto. No supo poner en el marcador la diferencia que había sobre el campo y lo acabó pagando. Casi se despega de la lucha por el título, aunque esto es muy largo. Está a doce puntos, nueve si le gana al West Ham en partido aplazado. Demasiado, a 2 de enero, considerando que posee la mejor plantilla de la era Benítez.

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lunes, mayo 14, 2007

Un fin de semana de fútbol-tensión

Cuando la temporada se acerca a su conclusión, los partidos dejan de ser importantes para convertirse en mucho más que eso, en algo parecido al fenómeno central que mueve el mundo. Mientras la bola que marca la diferencia entre el éxito y el fracaso está girando en la ruleta del campo de fútbol de tu equipo, parece imposible que exista algo más allá de las paredes del estadio. No te entra en la cabeza que alguien pueda estar pendiente de otras cosas mientras tu asistes al juicio definitivo que resolverá la gran duda existencial del año: saber si eres un ganador o un perdedor. Este fin de semana hemos asistido a varios episodios de este fenómeno llamado fútbol-tensión. Reflexionemos brevemente sobre algunos de ellos.

Stuttgart: Hildebrand o la mejor parada en tres lustros
En Dortmund se estaba cumpliendo el guión previsto: el Borussia le ganaba al Schalke fastidiando su título soñado. Para depender de sí mismo en la última jornada, el Stuttgart debía amarrar esa preciosa victoria que estaba consiguiendo en Bochum, un campo tremendamente complicado en el tramo final de campeonato. Cacau ya había hecho méritos para convertirse en el hombre del partido -una asistencia y el gol del liderato-, pero era una cuestión de justicia que los titulares fueran para un hombre que lleva en el club toda la vida. Timo Hildebrand, el único superviviente de aquel equipo que en su momento llegó a maravillar Europa, le sacó un remate a bocajarro a Dabrowski a escasos minutos del final en una parada que vale más de media Bundesliga. Lo celebró como si hubiese marcado un gol. No era para menos. Ganando en casa al Cottbus, el Stuttgart será campeón por primera vez desde 1992. Lo que no logró con Kuranyi, Hleb, Lahm y Hinkel puede conseguirlo ahora con Cacau, Gómez, Hilbert, Magnin, Hitzlsperger y compañía. Y siempre con Timo, claro.

El Sochaux lo confirma: el Marsella está gafado
Imaginemos al Barça o al Madrid sin ganar un título durante catorce años. Parece imposible, pero en Francia el equipo más grande del país está viviendo este calvario. La última vez que en Marsella se echaron a la calle para celebrar que su amado Olympique era campeón corría el año 1993 y acababan de conquistar Europa con esa victoria en Munich ante el Milan en la final de la Champions. Desde entonces, nada de nada. Ni ligas, ni copas -y eso que en Francia se juegan dos-. El sábado podía terminar este negro periodo, pero parece que el destino aún esté castigando al club con más afición del fútbol galo por sus pecados pasados. Ni adelantándose por dos veces en el marcador, una de ellas en la prórroga, pudo el OM llevarse la Coupe de France. Anthony Le Tallec apareció desde el banquillo para empatar por segunda vez el partido y llevarlo a una tanda de penaltis taquicárdica en la que el héroe fue Teddy Richert, guardameta del Sochaux. Y mientras Marsella lloraba por una derrota dolorosísima, los dos pueblos a los que representa el equipo de la Peugeot celebraban un trofeo que llevaban setenta años sin ganar. En el campo, las lágrimas más sinceras eran las de Nasri, que fue el mejor del partido y le quitó todo el protagonismo a un apagado Ribéry. Samir recibirá pronto ofertas de grandes clubes europeos, aunque quizá lo más bonito sería que se quedara en el club de sus amores y lo ayudara a romper este gafe terrible.

Sheffield United: descendió el más inesperado
Las apuestas lo tenían claro: de los tres equipos que se jugaban la última plaza de descenso en la Premier, el que tenía más opciones de salvarse era el Sheffield United. Jugaba en casa ante un Wigan en caída libre y sólo bajaba si perdía y el West Ham puntuaba en Old Trafford. Pues todo ello sucedió. Y lo más irónico fue que el gol que determinó este destino cruel lo firmó un jugador que empezó la temporada en Sheffield y que la ha terminado en Wigan: David Unsworth. Y lo celebró, claro. ¿Cómo no iba a hacerlo? El partido era más dramático que una final, con un ambientazo en el que la tensión se podía respirar en el aire, con los goles gritados con toda la pasión del mundo, con dos aficiones en un mismo estadio sabiendo que al final del partido una se iba a segunda. Paul Jewell -que, por cierto, acaba de dimitir- se está especializando en este tipo de milagros: ya en 2000 salvó al Bradford en otra última jornada de infarto. Aunque el gran nombre propio del final de liga en la parte baja de la tabla es Carlos Tévez, cuyo estado de forma ha sido decisivo para que el West Ham permanezca en la Premier, añadiendo más controversia a esa discutidísima decisión de la liga de no restarles puntos a los hammers.

Nunca se celebró tanto un empate en Paços Ferreira
Para el que no siga la liga portuguesa, que el Oporto sume un punto en Paços Ferreira puede sonar a tropiezo. Sin embargo, la estadística lo dice bien claro: esta temporada, sólo el Belenenses ha sido capaz de ganar en ese campo, uno de los más duros de toda la Superliga. Y como el Sporting lo sabía, había puesto todas sus esperanzas de ser campeón en un tropiezo de los dragones en ese pueblo del interior de Portugal. Los leones hicieron su trabajo: ganaron en Coimbra y durante muchos minutos se vieron líderes a falta de una jornada, ya que el Paços estaba ganando 1-0. Pero el campeón luso se volcó en busca de un empate que le permitiera llegar al último partido dependiendo de sí mismo. Y lo consiguió, de rebote, en un córner que tuvo que rematar dos veces, en una jugada tremendamente fea, pero el valor de ese tanto de Adriano es inmenso. La afición que se había desplazado a un campo tan inhóspito lo celebró como medio título de liga. Y es que ahora bastará con ganarle a un Aves que se estará jugando el descenso la semana que viene en Dragao para que el Oporto vuelva a ganar la liga. Será otro episodio de fútbol-tensión.

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