Llegan los cuartos de la Champions, siempre partidos de gran prestigio. Aunque el Schalke suene a intruso que se ha colado en la fiesta aristocrática, aunque el Barça tenga más nombre que juego y más pasado que presente. Sin embargo, la música de estrellas ilumina a los grandes talentos y es capaz de levantar el ánimo y la tensión competitiva. Es por ello que el equipo de Rijkaard sigue siendo favorito ante unos alemanes que tampoco están para tirar cohetes. Si nos tuviéramos que guiar por las últimas actuaciones azulgranas, diríamos que el partido de esta noche no debe ser cómodo para ellos. El Schalke intenta que se juegue un partido muy físico, con escasa pausa, con mucho balón largo y con el balón parado como arma principal. Al no estar Rakitic, la única pieza que puede desequilibrar con el balón en el suelo es Rafinha y el plus que proporciona en ataque por la banda favorita del equipo de Gelsenkirchen: por ahí también se mueve Asamoah y es el lado que elige Jermaine Jones para descolgarse y llegar desde segunda línea, aunque hoy el norteamericano no estará por sanción. Le sustituirá el zurdo Kobiashvili, que es un interior de cierto recorrido pero que hoy tendrá como misión principal impedir que el Barça toque y mueva el balón. Para ello contará con la ayuda de Ernst, un medio centro defensivo puro que suple con su carácter aguerrido su físico más bien modesto. Hay varias dudas en el once de Slomka, como la pareja de centrales, que puede quedar modificada según la posición en la que se ubique Pander, con el que el técnico ensayó el sábado en el centro del campo. Westermann, gran revelación de la temporada, podría guardarle la espalda o desplazar al banquillo a uno de los dos zagueros clásicos, Krstajic y Bordón. La línea suelen tirarla bastante arriba, todo un riesgo ante un equipo que tiene velocidad en la delantera. Sin embargo, el buen trabajo en la presión de los dos pivotes convierten al Schalke en un equipo menos desbordable que el Werder Bremen. Para marcar diferencias se agarran a las dos posiciones cruciales: la portería, con el prometedor Neuer, y el delantero centro, donde Kuranyi ejerce de rematador intuitivo.
Más glamouroso se presenta el duelo del Olímpico de Roma. No está Totti, pero seríamos injustos con el gran trabajo de Spalletti si dijéramos que la ausencia del capitán deja sin opciones al cuadro italiano. Jugará Vucinic, con grandes números en la presente Champions y con un perfil más contragolpeador que el de Francesco. El partido puede venirle muy bien al montenegrino, ya que el United sólo sabe jugar a tener el balón. Cuando no lo hizo, en la semifinal de Milán del año pasado, acabó goleado. Los italianos apuntan al duelo Mancini-Brown como vía de acceso más explotable. Por ahí la Roma puede marcar diferencias, pero está claro que los red devils aún pueden sacar más provecho en el otro extremo del campo. Panucci formará pareja con Mexès al estar lesionado Juan, por lo que en los laterales se juegan dos plazas Cicinho, Cassetti y Tonetto. Misión casi imposible para los elegidos, visto el momento de forma actual de Cristiano Ronaldo, que el sábado jugó uno de sus mejores partidos desde que está en Old Trafford. La ausencia de Perrotta la suplirá la Roma con Aquilani en la media punta. Perderá llegada por sorpresa, pero ganará último pase y disparo desde fuera. Anderson se perfila como titular en la media punta en un 4-3-3 del United en el que Tévez podría ser el gran sacrificado. El brasileño tendrá una prueba de fuego ante uno de los medios centros de moda del fútbol europeo, el gran De Rossi. Partido precioso, eliminatoria más abierta de lo que puede indicar el recuerdo de ese 7-1. Pero favoritismo para los ingleses, que hoy por hoy asustan y deberían ser los máximos candidatos a levantar esta Champions.
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